Trauma y memoria: historia, verdad y justicia.

 

Fernand Braudel propuso pensar los hechos históricos – es decir el espacio en que estos se producen – mediante un triple registro de los tiempos de la mirada sobre ellos: la corta duración, que es el acontecimiento actual y sus inmediatos, la mediana duración se refiere al tiempo de una vida en la memoria, o tal vez dos generaciones, y la larga duración, abarca la mirada histórica de varias generaciones.

Si particularizamos el concepto de hecho histórico con el carácter de trauma, cosa perfectamente legítima, porque la inmensa mayoría de los hechos que registra (¿recuerda?) la historia son traumas, (guerras, matanzas y en menor medida (de recuerdo) hambrunas, pestes catástrofes naturales, sociales y un largo etcétera) veremos que el trauma siempre se impone por su presencia, en el corto plazo.

Se va transformando en historia en el mediano plazo, cuando ya figura como el relato de una generación a otra, que no lo vivió en los hechos. (Recordar a los dos padres de la Historia: Heródoto, para quien la transformación del mito en historia requería el testimonio de dos y si era posible tres generaciones que los vivieron, y Tucídides, que proponía una escritura de la historia contemporánea a los hechos mismos.)

Pero en la larga duración, no solo ya tenemos el relato del relato, sino que a medida que avanzan los relatos tenemos también el comienzo de la transformación de historia en mito.

Y, junto con él, la idealización progresiva del mismo, la construcción de un ideal, y un paso más allá, de una ideología a la que se opondrá, con toda certeza, otro mito o contra mito. Y, por obra del propio papel o función inconsciente del mito, se produce un atemperamiento de los hechos traumáticos que le dieron origen.

Parecería, por lo tanto, que para no perder la memoria, cuyo olvido nos llevaría indefectible o inevitablemente al mito, que estoy proponiendo algún tipo de repetición del trauma, para no olvidarnos, No claro está, vivir permanentemente en él, pero si tener que aceptarlo todos los días en las infinitas versiones que lo contienen o representan. Desgraciadamente!…

¿Desgraciadamente? ¿Dónde está escrito que nuestra vida deba ser “feliz” todo el día, todos los días? ¿Cuál es el grado de infelicidad que debemos aceptar para ser realmente felices, y en que consiste esta última clase de felicidad?

Si el trauma se convierte solo en memoria, entonces va camino del mito, y por lo tanto del olvido. ¿Cuál es entonces la salida de esta aporía: no dejar de sufrir, no dejar de vivir?

La larga duración nos propone un tipo de elaboración constante, interminable como el análisis, en la cual, aunque los hechos no sean permanentemente revividos, están incorporados desde una condición o posición que rechaza su repetición (sería como el asco, primera defensa ante lo insoportable o lo incomprensible, previo incluso al miedo y al dolor).

Sin contar con que además infinitos hechos traumáticos equivalentes se siguen produciendo todos los días, pues todos los tiempos son tiempos de oscuridad (Arendt) y a todos los hombres nos tocan malos tiempos para vivir (Borges).

Los cronistas de la larga duración, historiadores, psicoanalistas, artistas, sociólogos, políticos, escritores, nos deberán estar recordando siempre las cosas – el espacio – en todos los tiempos.

Pues el periodismo es solo una crónica, necesaria pero incompleta, de la corta duración. Y el ensayista tal vez sea un cronista de la mediana duración.

En el capítulo VII de mi último libro, La transformación del psicoanálisis, señalo, después de muchas consideraciones, que en la Argentina de los últimos 40 o 50 años, el autoritarismo es la vía final común de las ideas y el accionar tanto de la guerrilla como de los militares.

Frente a estos hechos, la mirada del corto plazo ve la “lógica” represión del estado, y ve también las “lógicas” causas de los montoneros. Y, con agregados moralmente valorativos proponer la existencia de “dos demonios”.

El mediano plazo ve en cambio los antecedentes que van explicando el panorama: el golpismo militar del 30 y el 43 (en los que Perón participó, dicho sea de paso, pues parte de la selección interesada de la memoria para construir “una” historia determinada, hecha un manto de olvido, es decir “no se habla de eso”, sobre una parte de los hechos de la historia). Y ve también, del otro lado, la necesaria aparición de una lucha para conseguir lo que una democracia no estable no garantizaba.

Pero el largo plazo ve el origen autoritario de ambos bandos: la creencia militar de ser los constructores de la geografía del país y de la legalidad de la Nación. La creencia montonera de ser la fuente de la respuesta de los pueblos a ese autoritarismo. Pero ambos debían aniquilar al otro. Y están también claros sus antecedentes cuando la fuerza “estatal” la tenía “el otro bando”: el autoritarismo “federal” de “los pueblos” fue el creador del primer terrorismo de estado: la mazorca rosista contra “la Nación”.

Por lo tanto no hay dos demonios, hay uno sólo: el autoritarismo. El fascismo puede estar en todos lados. Tanto en el genocidio neo liberal, como en el populismo.