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Suplemento al tema de la Determinación de la identidad sexual en los niños y niñas hijos de parejas homosexuales

La HOMOSEXUALIDAD es un claro ejemplo de cambio de un estatus psicopatológico que deja de serlo. Hasta principios del siglo XX (hablando de solo lo reciente y no de la antigüedad) era considerada una perversión, incluso, en forma peyorativa, una degeneración, especialmente por los regímenes totalitarios y las sociedades autoritarias. Hacia mitad del siglo se la consideraba una “enfermedad”, quizá con un acento piadoso destinado a paliar el anterior rechazo, que fue motivo de sufrimientos infinitos de las y los homosexuales. Pero rápidamente avanzando hacia final del siglo se produce un cambio que hoy perdura y se establece sólidamente: la elección del partenaire sexual es un derecho humano, por fuera de su determinación biológica o genética.

Aun así, el psicoanálisis puede y debe preguntarse sobre el estado de los ejes que estamos considerando, especialmente de las diferencias estructurantes y particular por la aceptación o no de la diferencia de sexos en esta condición, puesto que la igualdad de las características genitales es mayormente determinante de su singularidad sexual.

¿Puede una afectación tan radical en la elección sexual producir cambios en la condición psíquica? Este es un terreno de difícil elucidación en la actualidad.

En este caso parece más obvio que en otros que la diferencia entre lo que es yo, es decir mío, mi sexo, por ejemplo y lo que es no-yo, es decir es el otro, el sexo del otro, cualquiera fuera, es y debe ser una diferenciación previa y más fundante que la aceptación de la diferencia de sexos en sí misma, o por sí sola.

A pesar de que la diferencia de sexos es la primera diferencia que se nos impone (o se nos imponía) cuando enfrentamos a otro ser humano. Por lo tanto, ambas diferencias tienen un punto de coalescencia imprescriptible.

Por ello, en la homosexualidad observamos que, si estas diferencias están resueltas o procesadas, y sobre todo desde su aceptación social, no hay, por parte del homosexual (lo uno) una conducta que deprecie la elección de lo heterosexual (lo otro), en otras personas. Aunque en otros casos, eso sí, se puede registrar esa “heterofobia”.

Nos preguntaríamos entonces por el odio a la diferencia y a las diferencias. Tenemos la más clásica, el racismo, pero nos concentraremos en otra, el machismo, para no irnos del tema.

El machismo lo pueden presentar tanto hombres como mujeres y tanto homosexuales como heterosexuales. Esta aparente contradicción se entiende si se piensa que la identidad que se le asigna tanto al hombre como a la mujer no depende solo de su sexo manifiesto. Depende infinitamente más del sentido consciente e inconsciente que tenga para cada persona su sexo: lo que tiene y lo que no tiene, lo que es y lo que no es, lo que puede y lo que no puede, el dominio o el sometimiento que otorga (o se le asigna), en todos los casos, no solo en un uno u otro sexo o condición sexual.

Pero el machismo también se manifiesta, y se acepta como moneda corriente, en la violación homosexual en ámbitos cerrados, que coinciden con las masas artificiales que lo hacen o legislan como “obligatorio”. (Cárceles, iglesias, escuelas, ejércitos…)

Me gustaría que este difícil punto sirviera como suplemento a un escrito mío anterior, donde no traté esta situación, porque quizá en aquel momento no era tan visible, como lo fue después, por obra de situaciones y teorías legales, que ampararon a delitos y a delincuentes. ¡Justamente con temas sexuales de por medio! Pero nada justifica que por mi inadvertencia no lo haya incluido. Aunque también podría ser que en aquel momento no tenía tan definidos los ejes que ahora estoy contemplando en la caracterización de los hechos psíquicos.

Me estoy refiriendo al tema de la determinación de la identidad sexual en los hijos e hijas de los nuevos tipos de parejas y familias.[1]

Señale allí que, aun en medio de una situación revolucionaria en cuanto a las posibilidades diversas de fertilización y concepción que han sobrevenido por obra de los conocimientos biológicos y sus posibilidades técnicas, y a pesar de eso, la determinación de la identidad sexual de un sujeto depende en general de cuatro factores importantes.

En primer lugar un factor genético, imprescriptible hasta el momento, determinado por la fórmula cromosómica que crea la condición biológica sexual.

Un segundo factor, que depende de lo que llamamos la fuerza constitucional de los instintos, en donde lo masculino y lo femenino pueden variar de intensidad entre los sexos, a pesar de la clásica (y comprensible) división entre la fuerza expulsiva de la constitución masculina y la fuerza conservadora de la constitución femenina. Lo que se articula con el factor anterior, genético, a través también de la constitución hormonal. Es decir que este factor podría considerarse como un campo intermedio donde ya se mezclan factores biológicos y psíquicos.

El tercer factor, que parece a primera vista, por ser puramente psíquico, y de acuerdo a una posición positivista, menos fuerte en la determinación sexual que la fuerza que se le asigna al muy “material” factor biológico, resulta ser quizá el más determinante, desde que puede vencer y aun invertir el peso del factor genético biológico. Me refiero a las identificaciones que cada sujeto (cada sexo) puede tener con sus progenitores (cada sexo) y de su enorme peso en la elección posterior de su objeto sexual. Repito: es un factor psíquico que logra dar vuelta la fuerza de la genética para manifestarse.

Por eso, si es del caso, en la clínica de las parejas homosexuales tanto masculinas como femeninas, deberá entenderse cuál es la identificación masculina y femenina que juega en cada uno de los miembros de cada tipo de pareja, además de atender a la circulación o estado del falo, en el sentido psicoanalítico del término, como posición dominada o dominadora. Lo cual no es muy diferente de lo que puede suceder en las parejas heterosexuales, salvando el uso de la condición genital.

El cuarto factor es el social, que llega a constituirse en cultural. Lo mencioné antes en relación a la tolerancia social propia de las últimas décadas. Pero el peso de este factor se comprueba si se piensa que muchas civilizaciones prohijaron la homosexualidad y otras la execraron, y ni las primera lograron suprimir la heterosexualidad ni las segundas consiguieron eliminar la homosexualidad.

Pero no me referí en ese escrito a la importancia que podía tener el establecimiento de la diferencia estructurante de la distinción entre los sexos en la constitución de un sujeto. Pues ahí se alberga el grado de aceptación o de rechazo de esa diferencia en cada persona, y cuan determinante es en ella para la elección amorosa de un objeto igual (que debe tener los mismos genitales) o diferente (que sea un sujeto del sexo opuesto). Además de contar con que, como expresé más arriba, los otros determinantes identificatorios – y agregaré por lo tanto afectivos – también cuentan en la elección. Como en cualquier relación heterosexual.

Pero si el rechazo a la diferencia de sexos es marcado, pasa a incluir un grado de no aceptación del otro como diferente, como “no–yo”, es decir, pasa a ser la manifestación de una diferencia más primaria y fundamental, la diferencia entre lo que es yo y lo que es no-yo, que en caso de no aceptarse puede ser tan intemperante en el rechazo del otro como la conocida reacción homofóbica de muchos heterosexuales.

Y, bajo ciertas condiciones y en lugares privilegiados como para condicionar usos y costumbres de una sociedad (como la Iglesia, o la Justicia, por ejemplo), llegar a crear una protección especial, o una complacencia con los iguales, hombres, y una indiferencia, y negación, con los diferentes, mujeres.

Esto tiene un ejemplo dramático en los casos en que violadores reincidentes en prisión, son liberados siendo que sus jueces, que desprecian la violación a la mujer (es decir, desprecian a la mujer), los liberan para que vuelvan a cometerla y además suban la apuesta psicopática que la ley les permite, asesinándola. Lo hacen con todo “conocimiento de causa”, lo afirmo. Incluso tratando de darle una cobertura teórica mediante doctrinas “garantistas”. Pero que, con toda consciencia e inconsciencia, lo vuelvo a afirmar, protegen al victimario y propician a la víctima.

Si esta frase se encuentra en este punto de este capítulo, es porque estoy convencido que esa tremenda dificultad social y penal se debe a una estructuración defectuosa de la diferencia sexual en una sociedad, generalmente por parte de los hombres, que termina afectando muy especialmente a las mujeres. Pero muy especialmente concierne a la defectuosa estructuración de la diferencia de sexos en los jueces que toman esas resoluciones judiciales.

Y si la diferencia de sexos o no está, o está mal establecida, como dije recién, no solo arrastra consigo a la diferencia yo-no yo, sino que hace insustancial la diferencia vida-muerte. Anula la conmiseración por el otro, mayormente “la otra”. En esos casos todo el tiempo-espacio se pone al servicio del narcisismo, y “el otro” debe desaparecer como tal.

A lo que si me referí en el parágrafo que estoy recordando y actualizando, es al reparto de las funciones maternas y paternas en progenitores de distinto sexo biológico, que las que tradicionalmente se le adjudica a estas funciones. Las cursivas significan que es un error (siempre lo fue) pensar que un sexo tiene unas funciones y otro otras, rígidamente establecidas. Ese error provino de la consideración de la sociedad burguesa finisecular, donde la fijeza en el reparto de los roles parecía ineluctable.

Actualmente podemos pensar que los hijos o hijas de parejas homosexuales (de ambos tipos) no tienen un destino sexual prefijado, si se atiende a todos los factores en juego, ya mencionados, que lo pueden delinear.

Me he detenido mucho en este tema por la extraordinaria importancia que tiene para la convivencia de los humanos tanto en el presente como en el futuro, la homosexualidad y sus vicisitudes. Aunque las personas con una perspectiva histórica admitirán que también la ha tenido en el pasado, de un modo más secreto.

 

[1] En: Familia, psicoanálisis y sociedad. El sujeto y la cultura. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica. 2005. Págs. 122-127.